Encuentro En El Supermercado

Estaba esperando mi turno en la pescadería del Super. A esa hora de la mañana siempre había mucha gente, la mayoría mujeres. Una de ellas estaba delante de mí. Vestía una blusa ancha de color verde y un pantalón vaquero de pitillo blanco que le marcaban las caderas y le dibujaban un culo perfecto.

Anunciaron mi número y me adelanté hacia el mostrador.

-Qué le pongo?

- Quiero un rodaballo de un kilo más o menos, entero y sin vísceras - dije en tono autoritario.

El pescadero lo preparó, lo metió en una bolsa de plástico transparente y me lo entregó.

Cuando me volví para continuar con mi compra, la mujer del pantalón blanco me estaba mirando, se cruzaron nuestras miradas y enseguida bajó la suya como mirándose los zapatos.

Segui haciendo la compra curioseando por los pasillos y comprando poco. Para una sola persona no se necesita mucho.

Me dirigí a una de las cajas para pagar lo poco que había comprado.

Y allí, detrás de mí, la mujer del pantalón blanco.

-Pasa tú primero- le dije.

-No, no, usted está delante.

-Pasa - volví a insistir.

Me miró, no dijo nada, agachó la cabeza y pasó delante de mí.

Dos días después volví al Super, me hacía falta algo de fruta y algunas verduras frescas.

En los mostradores autoservicio de fruta volví a coincidir con la misma mujer.

Sin pensarlo me acerqué a su lado sin que ella se percatará.

-Coge una bolsa y elige los cuatro mejores tomates para mí - le dije de la manera más natural del mundo .

Ella dió un respingo, no me esperaba. Me miró, vió la determinación que se mostraba en mi mirada y empezó a seleccionar los tomates que le había pedido. Cuando los metió en la bolsa me fijé en el anillo de casada que llevaba en el dedo anular de su mano derecha.

-Ven, hay más cosas que quiero comprar.

Ella apoyó sus manos sobre el carro del super y me siguió.

Me seleccionó manzanas y peras, tal como le iba indicando.

No decía nada, solamente me miraba y acataba lo que le iba diciendo.

Cuando acabe de comprar me acerqué a su oído y le dije:

-Mañana a esta misma hora te espero en la puerta del super. Ponte falda o vestido.

Me di la vuelta sin esperar contestación y me marché.

La mujer se quedó inmóvil, ni siquiera pestañeaba.

Estuvo todo el día como ausente, como si estuviera en automático. Ya en la cama, con su marido al lado, no podía conciliar el sueño, solo le daba vueltas a lo sucedido en el super. Había algo en ese hombre que la desmoronaba, algo que le removía las entrañas. Por más que lo deseara, no podía apartarlo de su mente, y era su misma mente la que mandaba señales a su entrepierna haciendo que las braguitas con las que dormía se mojaran.

Al despertar y después de tomar un café con su marido, tomó la decisión de no ir al supermercado, quien se había creído ese hombre para decirle lo que ella tenía que hacer?.

Su marido se marchó como cada mañana al trabajo y ella se metió en la ducha para despejarse.

Se secó el pelo frente al espejo, y todavía desnuda se peinó y maquilló.

Otro café antes de vestirse, esta vez a solas.

Ya en el dormitorio se puso unas braguitas limpias y se vistió.

Al mirarse al espejo se dió cuenta que, sin pensarlo, se había puesto un vestido veraniego.

Sus convicciones se estaban viniendo abajo, su instinto estaba llevando la iniciativa.

A la hora señalada, ella estaba en la puerta del super, tal como él le había pedido, aunque en realidad, no se lo había pedido, con su voz fría y autoritaria poco menos que se lo había impuesto.

Seguía esperando en la puerta y no había señales de él. Pasados unos minutos decidió, con algo de frustración, que debía marcharse.

Iba a cruzar la calle cuando un automóvil se paró ante ella, se abrió la puerta del acompañante y oyó una voz grave que decía.

-Sube.

El corazón le dió un vuelco, se le erizó el vello de todo su cuerpo y sintió como su vagina se humedecia.

No lo dudó y entró en el coche, se acomodó en el asiento y él arrancó.

-¿Dónde me llevas?

-Ahora a dar una vuelta, más adelante a un lugar del que no querrás volver.

Comenzaron a recorrer la ciudad, Madrid, como siempre, hervía de gente, la multitud iba y venía de quien sabe dónde.

-Cómo te llamas? - preguntó ella

-Qué adelantas sabiendo mi nombre? Cada día tengo uno distinto.

Pararon en un semáforo en rojo de la calle Conde de Peñalver.

Él sin mirarla, ella observando a la gente que cruzaba.

-Quítate las bragas.

-Qué?

-Es mejor que no lo tenga que repetir.

No daba crédito a lo que estaba escuchando, sin embargo, antes de que el semáforo se pusiera en verde ya estaba levantando el culo para poder quitárselas. Lo hacía contraviniendo las órdenes que recibía de su cerebro, pero algo que podía más le decía que adelante, que estaba allí en ese momento porque ella lo quería.

Cuando se las quitó, él extendió su mano derecha para que se las entregara.

Las notó mojadas.

-Por qué están mojadas?

Ella no contestó.

-¿Estás excitada?

Siguió sin contestar

-Contestame

Ella dudó, no quería hablar, pero sin saber por qué de su boca salió un:

-Sí, lo estoy.

Una sonrisa casi imperceptible se dibujó en la boca de él.

Volvieron a parar en otro semáforo. Él avanzó su mano derecha hacia la pierna de ella y le fue subiendo el vestido hasta que su pubis quedó al descubierto.

Una mujer que cruzaba se dió cuenta de la escena y les hizo un gesto de desaprobación.

Ni él apartó su mano, ni ella hizo nada por apartarlo.

-Abre las piernas.

Las abrió.

Él empezó a tocarle el coño.

-Lo tienes empapado!!

Le acarició el clítoris y los jadeos de ella empezaron a salir de su boca.

Un dedo, dos, tres empezaron a entrar y salir de su coño. Un vaivén continuo que la tenían en otro mundo, un mundo de deseo y placer que no conocía.

En un momento estalló, un grito que se oyó fuera del coche, tanto que hubo gente que se volvió para ver qué sucedía. Lo único que vieron fue a una mujer que se tapaba la boca con la mano, mientras la mano de un hombre salía de la entrepierna de ella.

El orgasmo fue tan fuerte que el asiento del coche se empapó con sus fluidos.

Viajaba con los ojos cerrados, no quería abrirlos para no despertar de tan extraordinario orgasmo.

Cuando el automóvil paró, abrió los ojos.

Comprobó que estaban en la puerta del supermercado.

-Anotame tu teléfono en este papel, te llamaré.

-Soy una mujer casada

-Lo sé. ¿Importa algo?

-No, no importa nada.

Anotó el número, el le abrió la puerta.

-Ya te puedes ir.